Una Jedi me ganó a la escoba de quince

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Mientras empiezo a saborear mis buenas chances de coger esa noche, ella saca un mazo de cartas de su cartera porque el chiste era que íbamos a jugar a la escoba de quince. Cuando se trata de ponerla sos capaz de comer tierra.

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La conocí por Facebook y tenía un tatuaje de Star Wars.

 

Me pide que la espere en la esquina de Independencia y Chacabuco y llego diez minutos antes para que no la choreen.



En esa esquina hay una chica que no se parece a las 400 fotos que estolquié para asegurarme de que no era una tanqueta, pero como me mira con insistencia, la miro yo también.

 

–¿Juan? –me pregunta y me vuelve el alma al cuerpo, porque no me llamo Juan y ella es bastante fea. A ella le da vergüenza y se cruza de vereda, a mí me sirve para romper el hielo cuando llega Mariana.

 

Mariana está buena y me llama por teléfono una cuadra antes de llegar. Buen síntoma.

 

Entramos a Puerta Roja y hay 200 tipos mirando Argentina-Panamá de parado. Ella pide ir a otro lugar para sentarnos y propongo Gibraltar. 300 tipos hablando del Pipita Higuaín y yo dos a cero abajo en la elección de lugares para una primera cita.

 

Terminamos en el bar La Resistencia, uno de los lugares con CUIT más horribles de Buenos Aires.

 

Mariana es divina, buenas tetas, se ríe, pide cerveza, me toca las manos, saca charla y no habla de Macri y Cristina. “Esta es la chica”, concluyo cuando mata una cucaracha con los dedos arriba de la mesa.

 

Mientras empiezo a saborear mis buenas chances de coger esa noche, ella saca un mazo de cartas de su cartera porque el chiste era que íbamos a jugar a la escoba de quince. Cuando se trata de ponerla sos capaz de comer tierra.

 

Si perdía no nos veíamos más y yo prometía no insistir. Si ganaba me acompañaba a mi casa a tomar un Rutini que me regalaron por el Día del Periodista, el único día en el que los periodistas tomamos Rutini.



Estamos 13 a 13 y sin ninguna escoba. Ella tiene oro y yo cartas. Cuando quedan las seis cartas finales todavía no salió el 7 de oro. Si lo saco yo, gano la setenta y el partido. Si lo saca ella, a seguir con la japa.

 

Gana ella. Intento persuadirla de ir a casa de todos modos.

 

“Los jedis sacamos el 7 de oro en la última mano”, dice y no la vuelvo a ver. Durante la paja reglamentaria en casa, todavía siento su perfume en mis manos.

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