Un terrorista en la peluquería

Para evitar el silencio incómodo, el peluquero pone el noticiero y la Aspen al mismo tiempo.

Un terrorista en la peluquería

A metros del pasaje Rivarola, que antes estaba bueno, hay una peluquería unisex atendida por el dueño hace 25 años.

 

No saca charla, entre otras cualidades. Para evitar el silencio incómodo pone el noticiero y la Aspen al mismo tiempo.



Un tipo aparece y saluda desde la puerta sin entrar. Ricardo le lava el pelo a una que dejó el salón de belleza en Atenas 2004 y la voz de Laje se mezcla con You win again de los Bee Gees.

 

–Tengo una afeitadora Braun –dice el tipo y sacude el bolso que tiene agarrado contra el pecho con los dos brazos. El viejo que espera el turno leyendo Caras lo mira como si fuera de Isis.

 

–Me dijeron que son tan buenas como las Remington que usan ustedes. ¿Sabe dónde puedo venderla?

 

-Acá en Libertad al 100 –responde el peluquero. Ya volvió la vista hacia el cuero cabelludo de su clienta.

 

–Me dijeron que puedo conseguir como 1500 pesos –insiste el tipo, que debe andar por los 60.

 

–¿Sabe lo que pasa? En Libertad le van a dar dos mangos –admite Ricardo-. Lo que debería hacer es publicarlo en Mercado Libre, los geriátricos compran estas cosas.



–Lo puse hace dos meses y nada –se lamenta el tipo, que tiene campera con 29 grados. El peluquero lo mira, aprieta los labios y arquea las cejas.

 

–Me voy a probar en Barrio Norte, Recoleta, la gente tiene más plata –piensa en voz alta el vendedor–. Chau, gracias.

 

–Bueno –responde el peluquero. Una manera rara de despedirse.

TermoUn terrorista en la peluquería