Samid le hizo trampa al campeón del mundo

El carnicero que fajó a Mauro Viale se le plantó con ayudín al capo del ajedrez.

Samid le hizo trampa al campeón del mundo

Samid le hizo trampa a un campeón del mundo. Fue una semana antes del ballotage en el centro cultural Kirchner.

 

El carnicero de La Matanza vino a sumar unas tablas, como le dicen al empate en el ajedrez, a su colección de hazañas que inauguró contra Karpov y Kasparov.



Alberto suele exhibir entre las tiras de chorizo de su local los diplomas que certifican sus tablas con grandes maestros, el cinturón negro del chess.

 

El ex campeón, Veselin Topalov, un narigón de Bulgaria, ganó su título mundial en Argentina en 2005, en un torneo que se jugó en el hotel cuatro estrellas que los Rodríguez Saá tienen en Potrero de los Funes y hacen pasar como estatal.

 

Pero perdió el título un año después contra Kramnik –el ruso que destronó a Kasparov en el 2000– y lo acusó de hacer trampa. Kramnik fue 50 veces al baño en la misma partida y había sospechas de una computadorita metida entre los mingitorios. En el mundo del ajedrez lo llamaron el “Toiletgate” y todavía siguen hablando, pero Topa se la tuvo que morfar.

 

Ahora, en un salón con 100 tableros y 200 tipos haciendo ruido con las piezas y el reloj, Samid mueve los trebejos –las piezas, según los gallegos- con sus dedos con forma de morcilla, poronga, chorizo. Se me hace agua la boca.

 

Pocos culos, porque de cada 100 tipos sólo una mujer juega al ajedrez y eso que la reina es mucho más poderosa que el rey. Entre tanta testosterona, la campeona argentina, Carolina Luján, es Brigitte Bardot.

 

–Jugar al ajedrez es como meterte en una fiesta de pepa: cualquiera te puede romper el orto pero también podés romper alguno –dice al lado mío un pendeviejo con aliento a caballo, mezcla de Raúl Portal con Saverio de Chiquititas.

 

Pese al optimismo de Portal, todos ahí sabemos que si sos amateur, empatarle a uno de estos tipos es casi imposible. El ránking del ajedrez es letal como el del tenis: Federer puede perder con un aficionado sólo si esa mañana su esposa lo dejó por un enano.

 

Pero Topalov no vino a matar: juega contra 20 en simultáneo. Las simultáneas son amistosos, no cuentan para el rating oficial. Si el tipo juega ocho partidas a la vez, elige a sólo cuatro víctimas y a los cuatro que tienen más cara de malo les hace tablas. Los que empatan cuelgan la foto como Samid, los que pierden al menos perdieron con un campeón y el campeón se vuelve a casa sin hacer papelones y con el cheque.

 

–Treinta mil dólares –nos dice un camporista en el baño.



Samid no se para 50 veces para ir a mear como Kramnik pero tiene a un tipo atrás que le sopla jugadas. Incluso le mete mano en el tablero y le mueve piezas.

 

Durante una partida de ajedrez no se puede hablar con nadie. Sólo se puede abrir la boca para ofrecerle tablas al rival o llamar al árbitro para reclamar algo. También se puede decir “compongo” para acomodar las piezas si están corridas de su casillero. Porque si tocás una pieza la tenés que mover y eso a veces te caga la vida.

 

El tipo de atrás ni siquiera disimula el celular prendido en la mano, hoy en día un arma letal si del otro lado del Whatsapp hay un muñeco con un módulo analizador de jugadas.

 

El árbitro, pelado y parecido a James Carville, se hace el boludo y mira otras partidas.

 

Al búlgaro, bien pagado y todo, no se le pasa por alto la trampita y mira al carnicero un par de veces de reojo desde los otros tableros.

 

Pero sabe que es al pedo armar quilombo a 12 mil kilómetros de casa. Y Samid empata y nosotros no.

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