Olor a puta

Sentía el olor impregnado, no se lo podía sacar con nada, esa baranda a forros Tulipán y derrota. Bañarse no, era necesario evitar preguntas

Olor a puta

Por Federico Depetri

Apagó el velador y dio media vuelta para abrazarlo; él tenía terror porque creía que ella le iba a sentir el olor a puta, pero igual se durmió primero.

***

No supo qué responder cuando le preguntó dónde estaban las gomitas. Igual la zafó con otra mentira.

***

Mi amor, no sabés lo que pasó, el kiosco de 1 y 70 estaba cerrado, no sé por qué, y me fui al que está pasando plaza Matheu, todo oscuro, qué zona de mierda. En un momento me arrepentí de caminar tanto por unas gomitas, pero bueno, quería comer eso. Cuestión que voy para ese kiosco y cuando llego había dos travas, un asco, dos rubios, bueno, rubias, son tipos, qué querés que le haga, no me voy a acostumbrar nunca. Bueno, dos trapos, ahí, no sé si esperando clientes o por comprar algo. Llego y como estaban a unos metros de la ventanilla, me mando. No llego a pedir algo que cae la cana, se trenzan con los travesaños, se arma una pelea y los detienen. Y el boludo ahí, de testigo, me tuvieron como media hora, no dejaban que me vaya.



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Si tenía una lija a mano no hubiera dudado en pasársela por la pija, raspársela hasta que le quede reducida a un pedazo de carne sangrando. Sentía el olor impregnado, no se lo podía sacar con nada, esa baranda a forros Tulipán y derrota. Bañarse no, era necesario evitar preguntas, irse por unas golosinas y volver bañado era más sospechoso que el Gordo Valor en el Banco Francés.

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Una vez había leído que el kirchnerismo nos había llenado de culpa por garchar con putas. Rió cuando volvía para su casa. A él todo le daba culpa.

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Era paraguaya.

Rubia.

Teñida.

Ropa interior blanca.

Le hablaba con tonada paraguaya.

Era vieja.

Pagó por veinte minutos.

No llegó a seis.

Siete con viento a favor.

Treinta pesos.

Ni se sacó las medias.

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Llegó corriendo. No quedaba lejos de su casa pero cayó todo transpirado a pesar del frío. No vio quién lo hizo pasar. Apenas entró lo llevaron a una sala de espera, iluminada por una luz azul. Sonaba “Juan el cartero”, de Los Charros. Tuvo el impuso de irse pero, también, otro impulso mucho más grande, el de quedarse. Se quedó. Empezaron a pasar las chicas: Eve, Lau, Mar (por qué todas decían nombres en diminutivo, pensó), Romi. Eligió a Lau.

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¿Y si me ve un vecino? No me conoce nadie. ¿Y si me ve Daniela? Imposible que me vea Daniela. Pero, ¿y si me ve? Me mato, me muero, me mata, no sé. Pensá bien: ¿y si te ve? Me tengo que ir de casa, me deprimo, suicido en el corto plazo. Pero no me va a ver, mirá que va a salir. Imposible. No hay dudas, imposible que dude de mí. Yo sólo dudo de mí. En fin, no mires para atrás, hacelo rápido y no mires para atrás.



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Mah sí, voy, fue.

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—No, amor, hoy no.

—¿Por?

—Me vino.

—¿Hoy? ¿Cómo hoy?

—Sí, hoy. Hoy.

—No me dan los números.

—No entendés, me vino y punto.

—Bueno, no te enojes, tranquila.

—No me digas tranquila que sabés que me recaliento.

—Eso quiero.

—No seas pajero.

—Bueno, pará, tampoco la pavada.

—No puedo creer que siempre me hagas poner así en estas situaciones.

—Tranquila.

—En serio, cortala.

—…

—Ey.

—…

—Buoh, ahora te enojás vos.

—No me enojo, no querés, ya fue.

—No puedo, no es que no quiero.

—Querer, poder, es lo mismo.

—No es lo mismo, ¿vos pensás que es lo mismo?

—…

—Ey.

—…

—Ay, dios, respondeme Damián.

—Ya fue, no pasa nada. Voy a ir a buscar gomitas al kiosco, ¿querés algo?

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