Mi calefón

Un cabeza de termo trata de ponerla para olvidarse de que le cortaron el gas.

Mi calefón – Capítulo 2

El primer llamado de 12 en punto no tuvo quórum, así que fui al segundo, de las 12.30. En la segunda convocatoria se vota lo que sea con los propietarios presentes. Si faltás es un peligro, te pueden subir las expensas personalizadamente o mandarte un sicario.

 

Nos reunimos en el pasillo de la entrada, porque en la clase media de los ’50 se puso de moda olvidarse de construir el hall.



Era mi primera reunión de consorcio, el calvario del propietario, y éramos siete, récord absoluto según el administrador, entendible por la gravedad del asunto.

 

Estaba apurado porque tenía que encontrarme a la 1 con una fuente que no podía colgar otra vez. La primera imagen de la cumbre fue el banquito que se había llevado la vieja del sexto porque el evento se iba a estirar, una fuente menos.

 

El administrador estaba de joggineta y con algo de miedo. Arrancó la “asamblea extraordinaria” con una mención al vecino anónimo que llamó a Metrogas y provocó que nos cortaran el suministro.

 

–Yo creo que lo hizo de mala leche –diagnosticó la vieja y nos miramos entre todos, de reojo.

 

Hasta el administrador recibió la mirada inquisidora. ¿Y si estaba entongado con Metrogas y lo que buscaba era una coima? ¿Qué tal si todos los administradores de consorcios están entongados con Metrogas y las denuncias anónimas las hacen para ir a medias con la coima? Todas preguntas que se harían Canaletti o Sdrech, que en paz descanse. A mí me chupaba un huevo, mientras me devolvieran la libertad de hervir unos fideos.

 

Además de la vieja, el administrador y yo, había un cubano que había ido con el poder firmado por el propietario, Ramírez. El cubano no hablaba y tenía olor a algo.

 

También había un matrimonio, dueños de la agencia de quinielas de planta baja que no vivían en el edificio y no ocultaban su fastidio por tener que fumarse el evento. Vaya uno a saber en qué afecta la falta de gas a la industria de la timba, pero lo querían resolver ahí mismo. La séptima era Marita, de casi sesenta, soltera y rompehuevos.

 

All of a sudden in walks a chick, como decían los The Coasters. Flaca, anteojos, medio fea, de unos 33 años y por la jeta varios meses sin nerpola, como dice mi primo Alito.

Capítulo 3 ►




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