Mi calefón

[vc_row overlay_opacity=»0.4″ background_image=»691″][vc_column width=»1/4″][/vc_column][vc_column width=»1/2″][heading text_color=»text-light» header_align=»center» margin_top=»40″ margin_bottom=»10″]Mi calefón[/heading][bordered_divider divider_color=»#ffaa6a» margin_top=»10″][vc_column_text text_color=»text-light» margin_top=»0″ margin_bottom=»40″]

Un cabeza de termo trata de ponerla para olvidarse de que le cortaron el gas.

[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/4″][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»2/3″][heading]Mi calefón – Capítulo 1[/heading][vc_column_text]

Volví de Río feliz y sin haber tocado una teta. Todavía no me había vuelto el gas.

 

Al principio me bañé con agua fría pero dejé de hacerme el Clint Eastwood de principios de marzo y ahora caliento un litro de agua en la pava eléctrica para intercalarlo con los cuchillazos de la ducha helada.



Cuando te sacan la dosis de una buena ducha caliente de tu vida, lo más terrible no es que te privan del momento de relax y de la sensación de alivio que causa la limpieza corporal: lo más terrible es que te empezás a acostumbrar.

 

Igual con la comida. La noche en la que se fue el gas salí cagado de hambre de la oficina y me metí en el Carrefour de Corrientes casi Cerrito, que cierra a las 10 y es la última esperanza del día para no reincidir en Güerrín y en los hidratos de carbono, el napalm de nuestros tiempos, según la vicepresidenta del Banco Central.

 

Compré unas pechugas, que en el súper salen más caras que el pollo entero con los menudos y todo, calculo que te cobran porque se tomaron la molestia. También unas papas para meter en el horno durante la hora que me iba a dedicar a ojear la repetición de un Táchira-Emelec. Una fiesta.

 

Pero no hubo gas y no quedaba otra que el microondas. Para ponerle un poco de gourmet a la depresión, googlié qué pasaba si usaba papel de aluminio. En Taringa actualizado 2008 el fallo estaba dividido, así que preferí ahorrarme la explosión y mandar quince minutos de pollo y cinco de papas, sin aluminio. La aridez del menú determinó que esa fuera la última vez que cociné. También te acostumbrás a Güerrín y a los tres kilos extra por culpa del gas.

 

Al otro día vi a unos tipos rompiendo todo en la vereda, con overoles de Cosugas, y le escribí un whatsapp al encargado, que se tomó el trabajo de grabar ENCARGADO en el timbre para que a nadie se le ocurriera llamarlo con la palabra con P.

 

–Dani, ¿cómo va? –usé por primera vez el diminutivo desde la mudanza, como si eso garantizara que me volviera el gas– Desde anoche no tengo gas… (los tres puntos como echándole la culpa pero con cariño) ¿Sabés si cortaron por los arreglos que están haciendo en la calle?

 

–Sí, algo de eso, a las 13 viene el gasista –respondió, las comas son mías.

 

–Perfecto, abrazo –dije con el alivio que te da que el encargado se encargue.

 

Me despreocupé, me bañé con agua fría y al otro día me fui a Río, en donde si se corta el gas se van a tomar una Skol y a bailar samba en Copacabana.

 

A la vuelta me enteré que Cosugas, la Compañía Sudamericana de Gas SRL, no había roto la calle por problemas de gas sino de agua, porque Sudamérica es así.

 

Por abajo de la puerta me habían tirado una A4 que decía “Reunión de consorcio el lunes al mediodía para discutir el tema del gas”.

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