Manual para aguantar los trapos en la Usina del Arte

Martes 5 de la tarde en el barrio de La Boca y me pedí un chopp de birra, en una esquina de mala muerte para pasar la jornada, que de productividad no iba a tener nada.

Manual para aguantar los trapos en la Usina del Arte

Martes 5 de la tarde en el barrio de La Boca y me pedí un chopp de birra, en una esquina de mala muerte para pasar la jornada, que de productividad no iba a tener nada.

 

El mozo me canta “me queda un solo vaso, pero es el que más líquido entra”.

 

Tráemelo, le digo, sin titubear.

 

Era un chopp de litro con el escudo de Los Andes, a partir de ahí pensé si estaba en una casa de familia, en un bar, o porque había llegado un vaso del “milrayitas” a La Boca.

 

Se avecinaba el comienzo de un festival que para La Boca era algo histórico, no iba a pasar nada, más que una rueda giratoria para poder ver la ciudad y la Usina del Arte, dicen que renovada – no llegue a entrar de la mamúa que tenía – era lo mejor para ver.

 



 

Termino de beber el líquido rubio luego de tres sorbos largos por miedo a que me roben el vaso en el lugar y por si llegará un nuevo cliente y me marcho.

 

En la puerta, una persona, aparentemente de sexo femenino – es un detalle a confirmar que nunca se resolverá – me dice: “Holis”.

 

En ese puto instante me plantee si saludar, fajar, escupir, o simplemente salir caminando como cualquier ser humano que no responde y genera rechazo.

 

Elegí la última, y dije a mi mismo, la indiferencia mata. De más está decir que todas las personas que terminan las palabras con “is” como – holis, chauchis, y cualquier otro tipo de saludo – merece un mes en Guantánamo.

 

Creí que lo peor había pasado, una birra tibia en un vaso eterno de Los Andes, y un saludo de una persona que dice Holis en el barrio de La Boca ya era suficiente, pero la jornada sufrió un vuelco inesperado, por como venía, para peor, claro.

 



 

Apareció una ex y ahí se fue todo al demonio. El peor martes del planeta. El Black Tuesday. Reproches de hace 6 años, y el peor planteo: “nunca quisiste venir a la casa de mis tíos en Glew, tienen pelopincho a la calle y no quisiste venir”.

 

Resistí de la peor manera y solté: “no sé nadar en piletas pelopincho, no me gusta ir a Glew y tampoco quería conocer a tus tíos”.

 

Salí corriendo por Caffarena, una cortada que es literalmente un infierno y ahí nomás, me agazapé detrás de un árbol esperando que pasé todo y decidí que era momento de volver a casa.

 

 

Texto de: Alejandro Besana

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