Killer

En el bar me esperaba Mariela, que acababa de cortar con el novio. El virgo dejó el Facebook abierto con cinco pestañas de chats y sendas fotos de su pijita.

Killer – Capítulo 6

Vivía en San Telmo y se me tiró encima en el ascensor.

 

Como ya estábamos jugando el partido, no me pareció tan desubicado como pedir semillas de chía en Burger King, pero algo me molestó. Qué les cuesta esperar tres pisos más y hacerla bien. Me gusta jugosa pero no cruda.

 



Lo aparté sutilmente, aunque no haya manera sutil de desprender a una fiera de un cacho de carne recién capturado.

 

Con el primer pantallazo al monoambiente me vinieron ganas de rajar. El poster de Ráfaga y el cubrecama con la gigantografía de Messi mal cortada no me perturbaron tanto como el corpiño colgado en el tender de un tamaño desproporcionado para los 25 metros cuadrados.

 

Igual no me pareció pertinente hacerle una escena de celos a un tipo al que ya había decidido no ver nunca más. Y dale con Messi, pensé.

 

Se me arrimó otra vez, con la lengua asomando. Lo esquivé como se esquivan las palomas suicidas.

 

–¿Querés escuchar música? –me preguntó, advertido de la expresión de espanto que se estaba desparramando por mis facciones.

 

Accedí. Por más que pusiera “Agüita, sobre tu cuerpo” al mango, creí que las voces de los cumbieros me harían sentir menos sola en ese cuchitril.

 

Tengo que ir al baño, le dije. Hasta en el reflejo de la cortina de la ducha se notaba mi cara de alterada. Busqué a alguna amiga conectada en el Whatsapp para que me diera los cinco consejos para huir ilesa. No andaba el 4G.

 

Del otro lado de la puerta empezó a sonar Pink Floyd, por lo que deduje que el poster de Ráfaga era irónico. Siempre es mejor un fan auténtico de Ráfaga que un oyente de Pink Floyd acomplejado.

 

Salí del baño y me bajó la presión cuando vi que se había puesto en bolas. Tenía el pito tan chico que parecía una joda. Cualquiera pensaría que una anaconda mete más miedo, pero su mirada fija acompañada del gusanito configuraron una imagen diabólica que me hizo temblar.

 

Corrí hasta la puerta que el pijicorto había dejado sin llave, gracias a esos guiños insondables del destino.

 

–Vos no te vas nada –me gritó y apoyó un brazo en la puerta.

 

En un segundo me imaginé cómo cambiaría mi futuro si no me escapaba. Le clavé las uñas en la lombriz y se retorció en el suelo.

 

La carrera por los adoquines de calle Defensa me destruyó los tacos. Me subí en patas al 29 más hermoso que vi en mi vida.

 

–En este colectivo, la primera chica linda que se sube viaja gratis –me dijo el pajero del chofer.

–Quiero pagar, señor –le respondí con la cara de la nena de El Exorcista. Me cobró el boleto más caro.

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TermoKiller – Capítulo 6