Killer

En el bar me esperaba Mariela, que acababa de cortar con el novio. El virgo dejó el Facebook abierto con cinco pestañas de chats y sendas fotos de su pijita.

Killer – Capítulo 4

Mi prima Zoe me obligó a ir a correr al Rosedal porque había detectado la pastalinda del novio en una foto del Instagram de una pendeja. Otra afiliada al sindicato.

 

Como yo todavía no había cobrado, me pagó la luca por adelantado para entrar en el Palermo Warriors Running & Healthy Fun Team II.



–Me dijeron que hay tremendos potros, que cualquiera garcha antes de la segunda clase –se esperanzó.

 

Yo estaba más preocupada porque no se me rajara la calza de lycra que usaba de pijama hacía tres años. Nunca me gustaron los grupos humanos nacidos por y para ponerla, pero peor es el colesterol malo.

 

Claudia la profe tenía menos tetas que un lavarropas, pero se conservaba con piel de Miss Hawaiian Tropic, tendones de acero y una hiperactividad de ardilla.

 

–No quiero que las tetas me desaparezcan –le susurré a Zoe mientras elongábamos los abductores.

 

–Tranquila, boluda, pegamos chongos en menos de un mes y te vas con las tetas puestas –me pronosticó.

 

En el grupo éramos ocho, cuatro y cuatro. Tres de los flacos se conocían de antes y parecía obvio que venían a cazar. El cuarto tenía una remera de Ona Sáez de billetes de un dólar. Las otras dos mujeres tenían 400 años entre ambas y mucho olor a chivo.

 

Casi pierdo un pulmón en la mitad de la primera vuelta, pero Claudia la profe me obligó a seguir a los gritos con frases como “Dame todo de vos, mami” y “Sos la reina del mundo, Flor”. Tienen una capacidad asombrosa para acordarse tu nombre a los veinte minutos de haberte conocido.

 

Paramos para saltar unos conitos naranjas mientras se escuchaban los aviones saliendo de Aeroparque. Los tres amigos discutieron si ese ejercicio era el mismo que hace Messi.

 

–Este es el Trabódromo –dijo uno de los amiguitos–. La otra vez vine con Leopoldo que quería comprar la merca que venden los trabas, nos terminaron corriendo y se cagaron a tiros entre ellos –agregó y se rieron entre los tres.

 

Cómo piensan cogernos así, pensé. Es menos efectivo que postear una foto de un bife de delfín.

 

Antes de terminar, Claudia nos ordenó cuerpo a tierra como en la colimba y uno de los tres pelotudos dijo que en el Barcelona también lo hacían.

 

–Y dale con Messi –dijo en voz baja el de la remera de los dólares mientras tomaba agua del bebedero.

 

Sus palabras tuvieron un sonido líquido y sólo yo y un pato que salía del lago pudimos escucharlo. De repente la remera en vez de hacerlo parecer un bobo ya lo dejaba como valiente.

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TermoKiller – Capítulo 4