Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 9

La pija de Gatúbela no podía ser tan terrible, si era sólo una cuestión de segundos de contacto. Manosear un bife de cerdo o medio kilo de chinchulines merecería más detergente, pensé por un instante. Esa era la ecuación que me invadía mientras digería la pastiardilla tratando de resolver el enigma de la efigie vestida de trolo.

 

Calculé que hasta mi vieja podía acceder al video en Youtube que me mostraba cagando como un felino de metro sesenta y pico. Y los tiempos no estaban como para que mi vieja me rajara de casa, afianzada en los consejos de su nueva pareja, un Roberto que no pagaba ganancias pero te invitaba una pata de jamón una Navidad de cada tres.



–¿Cómo querés que te la sacuda? –me resigné y le pregunté a Gatúbela. Supe que jamás podría preguntar algo tan denigrante, al menos ad honorem.

 

–Como hacen los campeones –respondió el trolo ya con el hinojo a la intemperie.

 

Me acerqué despacio, con miedo, aunque pareció que estábamos formando parte del set de una erótica de The Film Zone, una de esas películas con las que te pajeabas usando la imaginación, como completando un cuaderno para dibujar con el poco material que te permitían los hijos de puta. Porque hasta las pajas se volvieron más exigentes con la banda ancha.

 

Le agarré la chota y estaba tibia. Me dieron ganas de vomitar la secundaria entera, pero me dije que había que aguantar, por el futuro.

 

–Un toque más, dale, que ya estás en el partido –me dijo Gatúbela, pero no sé si lo escuché o lo imaginé, y dejé mi mano ahí, sin ejercer presión. Pero ahí, todavía. Algo latía, me cago en la puta.

 

Saqué la mano y me dije que iba a tener que sumar muchos puntos para no tirarme abajo del Roca después de una cosa así. Gatúbela sonreía con los dientes para afuera y me asentía, como si estuviera compitiendo en el Tiempo de Siembra de los pervertidos.

 

–Buen perro –me dijo el putazo y se fue del quincho. El mono vestido de hombre me miró un poco y también se las tomó. Yo me arrodillé, miré mi serpentina marrón sobre las piedritas del gato y vomité.

 

Y por supuesto que apareció el anfitrión justo cuando yo estaba anaranjeando el inodoro de Garfield.

 

–Pelotudo, era tan simple, era tan simple, era TAN simple — repitió el millonario triste medio gritando, medio lamentándose.

 

Me agarró del cuello de la chomba –porque en aquella época yo dinamitaba mis pocas chances de ponerla y clavaba chomba– y me arrastró por el patio, mientras me miraban como a un exiliado griego la caterva de superhéroes, Nixons, diablitas putas y pajeros mentales que pululaban en el parque escuchando música de postoperatorio.

 

El pedo y la adrenalina no me impidieron que viera al forro del disfraz de mono saludar a Menotti con la misma confianza de quien comparte placenta. Y en un segundo ya estaba en la calle, con el ojete golpeado por el hormigón, pensando que esa noche no me quedaba otra que caer en lo de la conchuda.

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