Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 7

–Acá hay tres reglas –nos dijo el millonario disfrazado de pelotudo, aunque me miraba fijamente a mí y me hablaba en segunda persona. La putita y Menotti ya habían entrado a la fiesta, lo que significaba que el millonario no quería impartirle las reglas a ellas porque seguro que tenía la esperanza de ya sabemos qué–. Uno: no te lastimes, porque cortás la onda. Dos: no lastimes a otro y menos que menos a otra, porque llamo a la cana. Tres: por nada del mundo vomites afuera del inodoro, porque te cago a trompadas.



El anfitrión me cayó un poco menos como el orto cuando dijo que había una heladera llena de chupi, un freezer lleno de hielo, y hasta había capaz otras cosas si “sabíamos pedirlas”.

 

La fiesta era en el parque de atrás de la casa, al que se accedía por un pasillo ancho de enredaderas y enanos de jardín, que son la muestra más acabada de la infelicidad.

 

El lugar estaba demasiado iluminado y la música que pasaban no era para bailar, sino más bien de Buquebús. No entendía para qué carajo se habían disfrazado todos los culorroto de emperadores, cowboys y prostitutas para quedarse parados escuchando música funcional. Era como depilarse las piernas sólo para ir al cajero automático.

 

Fui hasta el quincho a buscar la heladera sin saludar. Había que salir rápido de ese estado virginal. No había cerveza, ni vino: eran todas botellitas y petacas de colores que te hacían acordar de dónde venías en realidad.

 

Le di un sorbo a una que tenía un color que ni siquiera había visto en televisión. La cosa tenía gusto a hierbas y esas boludeces, pero no me iba a levantar ni agregándole alcohol de quemar.

 

Me hice el boludo, apoyé la botella casi entera en una mesa y miré el parque. Aldo ya estaba rozando de nuevo a la putita al lado de la pileta y Menotti estaba mirando para el quincho. Puta madre.

 

–Las piletas son para pobres –me dijo un tipo disfrazado de ardilla que me estaba siguiendo la mirada. No le respondí, ni le hice mueca, ni nada. Pero me puse a pensar que toda la vida había creído que las piletas eran para clase media alta. O el hombre ardilla estaba meando más alto de lo que le daba el pitito o era parte de una clase que todavía no habíamos descubierto los cabezas de termo.

 

Lo cierto es que por más exclusivo que fuera, el tipo se estaba drogando como monstruo.

 

–¿Querés? –me dijo sacudiendo su frasco de pastillas. El primer impulso fue decirle que no, gracias. Yo sólo había fumando algún porrito que otro con Aldo y no me había hecho efecto en realidad, pero me había servido para el currículum de cosas que hay que hacer para que no piensen que le tenés miedo al infierno y todo eso.

 

Pero después proyecté cómo sería el resto de la fiesta si no me salía del libreto y dudé. Quería cualquier cosa antes de asumir que me tenía que encarar a Menotti para no sentirme homo, así que le dije al ardilla que bueno, dale. Me tomé una y no me hizo nada.

 

–Vos esperá –me dijo el tipo. Pero sí tenés aguante tomate otra.

 

Me tomé otra, sin saber en absoluto si tenía aguante para algo en la vida. En unos segundos empecé a sentir un Koh-i-noor de sensaciones en el culo. El tipo había desaparecido y ya no le podía pedir que me leyera el prospecto.

 

Me empecé a volver loco por cagar y no encontré baño en el quincho del pelotudo. Tenía katanas, pedazos de barcos y cabezas de animales de los que se comen ahumados, pero no había hecho un puto baño porque los ricos no cagan.

 

El quincho sólo tenía una pieza con una cama, seguramente para la empleada con la que pronto debutaría el pelotudito hijo. Una cama, una mesa de luz y las piedritas para el gato. Las miré con cariño y me dije es ahora o nunca.

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