Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 6

Nos abrió la mina que supuestamente le tocaba a Aldo porque era el que había conseguido que nos invitaran. Y por eso tenía que ser la más linda de las dos o la que cogiera más rápido o cualquier atributo que la hiciera más deseable que la otra que me tocaba a mí. Estaba buena y se llamaba Gianina o tenía algún otro nombre de pendejita putona. Nos hizo pasar, guardó en el freezer la única cerveza caliente que llevó Aldo -yo ni me gasté porque estaba de duelo- y nos dijo que pongámosle María estaba en el baño. En ese momento pensé que la apariencia física de pongámosle María tenía que estar atada a los complejos de Gianina. Si a Gianina, que estaba para darle, le gustaba rodearse de minitas igual de lindas que ella (nunca más, eso no se discute), María podía estar buena. Pero si en cambio Gianina quería destacarse siempre por encima de su acompañante, ser la más deseada en el boliche y esas pajereadas, era muy probable que María estuviera menos entrable que un sánguche de caca.



Lo cierto es que Aldo no se tomó mucho tiempo para teorizar y antes de que María saliera del baño ya estaba rozando a Gianina con lo que pudiera: chocando las rodillas, tocándole un hombro al decir una boludez o alcanzándole un CD de Menudo. Todo le sirve al pajero para desperdigar su testosterona como si fuera un fungicida sobre el campo.

 

La cosa es que salió María y tenía la cara de Menotti.

 

Lo primero que pensé fue que no estaba preparado para recibir tal patada en los huevos. Pero cuando pude asumir lo incogible que era, pensé que iba a ser todo más fácil. Todavía no me podía sacar a la conchuda de la cabeza y tener un batracio como ése enfrente no podía hacer otra cosa que aliviar la presión: perder el partido sería ganarlo en realidad.

 

Pero las cosas nunca son tan simples. “Ayudame a ponerme las botas”, le dijo una a la otra o alguna incoherencia por el estilo para no disimular que querían estar a solas en la pieza un segundo para pasarse el parte. “¿Y? ¿Qué te parece Aldo?”, seguramente diría Gianina, pidiéndole un veredicto a su amiga sobre un tipo al que había visto no más de 15 segundos en su vida. Son así.

 

Antes de que yo pudiera aprovechar la tregua para comentarle a Aldo lo incogible que era la mía y eximirme del desafío de levantarla, mi amigo pareció leerme la mente y se anticipó:

 

–Cogetela, eh, no seas cagón -me dijo y fue lo peor que me pudo haber dicho. Porque lo peor de cogerse a una fea es no cogérsela.

 

No pude responderle porque las minas volvieron de la pieza. Ninguna tenía botas, por lo que se arriesgaron a que uno de nosotros advirtiera que toda la maniobra la habían hecho para cuchichear. Pero seguramente pensaron que ninguno de nosotros les miraría de la concha para abajo.

 

Los momentos siguientes fueron tan incómodos como me esperaba. Las minas no querían escabiar, lo que suele ser síntoma de que no se quieren arriesgar siquiera a que les adulteres la bebida. Lo cierto es que la bebida estaba adulterada por sí sola. La Palermo de Aldo era una ofensa. Se la bajó él entera, yo sólo hice que tomaba sorbos. Menotti miraba la tele de reojo y Aldo le metía rodilla, codo y hasta empujón -lo más grasa que puede haber- a su chica.

 

En un momento me ilusioné con que la situación fuera tan chota que alguien dijera que se quería ir a dormir. Pero Gianina sacó una fiesta de la galera, como buena pendejita putona. Otra vez, mi cerebro se partió en dos: era una buena nueva porque podíamos salir de ese departamento del horror, pero al mismo tiempo el asunto se prolongaba y podía terminar vaya uno a saber cómo.

 

Fuimos a la fiesta a gamba porque Aldo tenía la esperanza de picotear en el camino. A mí me pasaba lo contrario: quería que Menotti se transformara en una mina más o menos penetrable o al menos en un lomito completo.

 

Era en una casa que no se iba a parecer nunca a la que podría tener uno de nosotros. El dueño era un millonario triste que estaba disfrazado de algo que lo hacía quedar como un pelotudo y quizás por eso nos clavó cara de ojete cuando advirtió que no sólo no teníamos disfraz, sino que nuestra ropa predeterminada ya era en sí una garcha. Un clasista, el muy puto.

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