Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 5

Cuando íbamos caminando hasta lo de las minas, le conté a Aldo que pocos días después de que me dejó la conchuda salí a comprar uno de esos envases de plástico que se usan para contener los sachet de leche o de yogur. En algún programa de cocina de esos que uno mira para lamentarse un poco, escuché que alguien lo había definido como portasachet. En todos los días de mi vida anteriores a ése, jamás me había puesto a pensar en la existencia del portasachet, ni siquiera cuando había tenido uno en mis manos. En cambio, en casi todos, si no todos los días de mi vida posteriores a ése, pensé en el portasachet. Y no porque ese objeto pedorro merezca que uno piense en él más de dos o tres veces en la vida, en alguna mudanza o algo por el estilo. Sino porque ese día, cuando volví del supermercado donde compré el artilugio, tuve ganas de volarme la peluca por primera vez en mi vida. Siempre pensás en el suicidio: en qué manera sería la más efectiva y menos dolorosa; en qué pasaría si quedaras vivo; en cómo podrías intentar suicidarte de nuevo si quedaras cuadripléjico durante tu primer intento de suicidio fallido; en cuánta gente iría a tu funeral y cuánto te llorarían. Pero no siempre que pensás en el suicidio tenés ganas de suicidarte. Ese día, lo que impidió que me suicidara, o al menos eso es lo que creo desde entonces, fue el portasachet. No podía suicidarme después de haber comprado un portasachet, que en definitiva era algo útil. Me daba un poco de miedo pensar en las conclusiones a las que llegaría el forense si es que le dedicaba más de cinco minutos a las razones de mi muerte. Era lo más ridículo que te podías imaginar. Hasta desmotivaría a los futuros suicidas el enterarse que un tipo se había matado después de comprar un portasachet.



–Llegamo –me interrumpió Aldo sin pronunciar la ese final. Ni se inmutó por mis conductas suicidas.

 

Después de que una de ellas preguntara por el portero eléctrico quiénes éramos, Aldo respondió “nosotros”. Activaron la chicharra y entramos. Cuando esperábamos que llegara el ascensor me pregunté cuántos “nosotros” pasarían por esa puerta por semana, por mes. Y si a ellas les importaría algo más que pajearse con nuestra pija.

 

Pensé que el hombre puede aguantarse sin garchar, pero sin pajearse no, pero ellas necesitan nuestro amigo de allá abajo. La mujer tiene esa desventaja física que hasta hace que ni la paja la suplemente. Por eso hay guerras y muere gente.

 

El ascensor no llegó nunca y Aldo puteó porque había que subir ocho pisos por escalera y ya íbamos a entrar todos chivados al campo de juego.

 

Aproveché las escaleras para preguntarle a Aldo si prefería coger o hacerse la paja.

 

–Mirá, ninguna mina me pajeó como me pajeo yo –dijo haciendo el gesto con la mano (la izquierda)–. Aparte tu mano no te pide que vayas al cumple del sobrinito un domingo que dan Volver al Futuro 1, 2 y 3.

 

Con eso último, Aldo se convenció.

 

–Ahora con las minas tratá de olvidarte de la paja –dijo cuando llegamos al octavo, jadeando–. Si no decimos ninguna boludez por ahí la ponemos esta misma noche –sentenció y yo pensé que lo mejor que le podía pasar a mi autoestima esa noche no era cogerme a una de las minas sino que Aldo no pudiera conseguir ni un pete. Antes de que abrieran la puerta, se me pasó la bronca y me dije que lo más conveniente era que Aldo pudiera garchar. Si gana uno, es más probable que ganen los dos, porque las minas son así de misteriosas.

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