Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 4

Me había alejado de mis amigos de la secundaria, justamente por pasar buena parte del tiempo con la conchuda. Con alguno que otro de la Facultad me hablaba, pero casi todos me parecían pobres tipos. Básicamente la Facultad de Periodismo tiene baños y pobres tipos. Ahí no hay culos. Hay algunas tetas, pero más que nada de gorda.

 

En Letras además de culo encontrás algunas tetas de hippie que son las mejores, porque las esconden y eso está bueno. Pero tenés cuatro años de latín o de griego y eso no hay teta hippie que te lo haga soportar.



Por eso me juntaba con Aldo, el único que no se preocupaba si no le mandaba un mensajito en una semana, si me olvidaba de su cumpleaños o si cagaba adentro del microondas. Básicamente no se preocupaba por nada, no es que fuera tan copado.

 

Aldo me dijo que había quedado con las minas que caíamos a eso de las 11 de la noche. Pero claro, con Aldo, como con la mayoría de los hombres, coincidíamos en que no había que aparecer hasta pasada la medianoche para que ellas no confirmaran de movida que estábamos desesperados por cogerlas.

 

Yo tenía la teoría de que tampoco había que caer en un horario exacto como 12:30 o 12:15, si no podían percatarse de algo peor: que habíamos calculado el tiempo que nos demoraríamos en llegar para no quedar como unos pajeros. Y ahí sí que no las cogíamos ni durmiéndolas con cloroformo.

 

La mayoría de las mujeres ni se preocupa por todo esto y sólo gasta todo el tiempo previo al encuentro en arreglarse para no decepcionar. Algunas de ellas recién se ponen a pensar realmente en el tipo y no en el papel que están desempeñando ellas en la salida cuando tienen media pija adentro. Sin embargo, esa noche le conté a Aldo de mi teoría sobre la maldición de caer en las citas en los cuartos de hora y no me acuerdo si me dijo que tenía que ser menos cerebral o si directamente me dijo que yo era un pelotudo.

 

Lo cierto es que nunca encontré la fórmula para estar tranquilo en esas dos o tres horas previas al encuentro con una chica. Algunos tipos se duermen una siesta hasta cinco minutos antes de salir de sus casas. Otros se bajan un vino entero y otros cabezas de termo se juntan a jugar a los jueguitos hasta el último segundo. Y después van y se les para la pija como quien se tira un pedo.

 

Pero para mí hasta que la mina se pide el taxi y me guiña un ojo, es una tortura. Sólo los grandes saben aprovechar todo lo anterior.

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