Cabeza de Termo – Capítulo 3

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Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

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–“Peor es nada”, dijo una vieja y se acarició la concha con la cola del gato –me dijo mi amigo Aldo cuando le conté lo de la paraguaya. Me lo dijo sin sacar la vista del televisor. Había encontrado una película doblada al mexicano, pero al menos estaba De Niro o algún duro de esos que nos hacen bien. Es decir que no supe si lo dijo por haber encontrado la película o por lo que le conté de la prostituta.

 

Aldo tenía treinta años, nunca había tenido novia ni trabajo. Vivía gracias a un error en la computadora del Instituto de Previsión Social que le permitía seguir cobrando la pensión por su padre muerto antes de nacer. Eso le alcanzaba para comer salchichas como el manjar del mes, pero no se quejaba. Y fumaba mucho porro. En resumidas cuentas era un tipo conformista, que es lo más parecido a ser feliz.



Cuando le conté lo que me había pasado con la conchuda, Aldo se tomó unos segundos para poner mute con el control remoto, respiró hondo y se tomó otros segundos para responderme: “tratá de poner la cabeza en otra cosa”. El tipo no servía ni para tapar el viento, pero cuando se tomaba esos instantes para responder te hacía reflexionar.

 

De todas las boludeces que te recomiendan cuando te deja una mina, la que menos te convence es “tratá de poner la cabeza en otra cosa”. Suena muy lindo y edificante y hasta parece fácil. La primera hora y media.

 

Lo mismo pasa cuando tus amigos te dicen “cogete a otra, virgo”, como si se tratara de ponerle ajo a la ensalada. Y vos no te querés coger a nadie, sólo querés que la conchuda vuelva y te mienta, que diga que sos lo más maravilloso que puede pasarle a este y a todos los mundos que vengan.

 

Pero por ese instinto de preservación de la especie que lleva adentro cualquier cabeza de termo y que al fin de cuentas es lo que mantiene a este mundo repleto de bultos con cara que lo único que hacen es entorpecer el paso en las calles de la gente que verdaderamente vale la pena, me dije que un momento como ese había que tratar de poner la cabeza en otra cosa.

 

–¿Qué tipo de cosas? –le pregunté a Aldo después de un rato de mirar la pantalla buscando sin éxito en mi mente alguna cosa para pensar.

 

Aldo volvió a poner mute y a tomarse los segundos de solemnidad.

 

–Lo mejor es ponerse un objetivo inalcanzable, así pasás toda la vida preocupado en cumplir esa meta y te olvidás de toda la otra mierda que te pega todos los días en los tobillos –respondió.

 

–¿Como qué?

 

–No sé, boludo, cogerte a la presidenta, qué sé yo.

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