Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 17

–Vos sos Pijamita –murmuró el mozo. Los dientes le castañetearon y la bandeja en la que llevaba una Sprite, un submarino y dos medialunas de manteca casi se le fue a la garcha.

 

Salí corriendo del bodegón con la misma vehemencia con la que Mel Gibson se hizo el escocés en Corazón Valiente pese a haber nacido a unas cuadras del Bronx.



Me subí a un taxi y le pedí que me llevara al Obelisco. El tachero tenía puesta la camiseta de Nueva Chicago y me hablaba de la caída del capitalismo o de otro clásico de esos. Pero yo tenía la vista borrosa y mi mente estaba en otra dimensión alejada de las calles de Buenos Aires.

 

Le pagué como dos lucas, porque el tema de los ceros ya no importaba, y el tipo salió arando por si acaso yo me arrepentía.

 

Al lado de la reja del Obelisco estaba un chabón barriendo con la pechera municipal y le dije que tenía ganas de entrar, me dijo estás en pedo, le dije que sí pero que tenía tres lucas para él y la cosa no fue tan difícil: ni siquiera tuve que saltar las rejas como los pibes de la película.

 

Aparecí por la ventanita del Obelisco y alguien se debió dar cuenta porque al toque ya había una multitud rodeando la pija de cemento por esa manía que tiene la gente de ver un hecho policial entre el lunch y la próxima cagada a pedos del jefe.

 

El móvil de Crónica llegó antes que la policía y en cinco minutos me empezaron a pegar en la cara las ráfagas de viento que generaban las hélices del helicóptero de C5N y eso me hizo sentir bien.

 

No tardé en aparecer en la pantalla gigante al lado del McDonald´s como el violador, suicida y loco que se subió al Obelisco. En la pantalla intercalaban planos de mi jeta arrugada por el viento, el tránsito paralizado por la muchedumbre y el video en el que yo aparecía cagando las piedras del gato, como para motivar el salto: nadie quiere que un loco se suba al Obelisco y no se tire.

 

En un momento hicieron foco sobre una persona del público que apareció con un megáfono. Era la conchuda.

 

–¡No te tires! –gritó la conchuda– ¡Retiro los cargos, pero no te tires amor!

 

Me quedé mirando fijamente el helicóptero.

 

–¡Vayámonos a Miramar a envejecer juntos! –gritó de nuevo la conchuda.

 

Me imaginé una vida en Miramar y no fue tan bueno. Pensé en las tardecitas yendo a comprar churros y cosas para hacer al horno de barro y la estufa de kerosén en invierno y cómo se rozarían nuestras patas congeladas por debajo de la colcha.

 

Pero después volví a mirar al helicóptero y me acordé de lo que me había dicho Aldo sobre eso de ponerme un objetivo inalcanzable como el de cogerme a la presidenta. Y no hay nada más alcanzable que irse a vivir con una conchuda a Miramar, eso es lo más fácil de la vida.

 

Mientras me tiraba de cabeza de ese monumento de negación a la impotencia, que nos recuerda todos los días que se nos tiene que parar la pija, pensé en que si conseguía un paseo en helicóptero con la presidenta, los dos picando unas castañas tibias con Coca Cola en los sillones de cuero marrón claro, en una de esas me podía dar bola.

 

Fin.

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