Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 16

El primer impulso que tuve cuando el negro marica se puso a gritar escandalizado no fue escaparme del local: me metí en uno de los probadores que estaban ocupados.

 

La pendeja estaba completamente en bolas y me miró por un segundo con la tanga de sus sueños en la mano. Después gritó más fuerte y agudo que el negro, pero tuve tiempo de manotearle la bombacha que había colgado en uno de los percheros.



Saqué otro fajo de mi mochila y se lo tiré al negro por la jeta, como para reparar los daños. Pero el marica no dejó de gritar como una parturienta y me dije que lo mejor que podía hacer era salir rajando de ahí.

 

El maorí que me frenó en la puerta tenía más aspecto de furgoneta que de humano. Me agarró por el cuello de la camisa y me levantó por el aire como si fuera un caniche. El negro trolo le contó todo con chillidos y el maorí no dejó de mirarme fijo en ningún momento durante el relato exagerado de la marica.

 

El gorila me hizo atravesar el shopping colgando de sus brazotes y me metió en una oficinita en la que sólo había un escritorio con un termo y un mate. Me soltó una vez adentro y cerró la puerta. Me señaló un asiento y mientras él pegaba la vuelta al escritorio para sentarse en su sillón, miré el termo fijamente y pude ver que tenía pegado un sticker del Gauchito Gil.

 

–Mire, oficial –le dije, aunque no estaba seguro si era del Swat o un simple securata del shopping–, me estaba por explotar la pija, usted me entiende.

 

El tipo se quedó en silencio mirándome con asco por un lapso interminable. Antes de que pudiera responder, abrí la mochila y el maorí se llevó la mano a la cintura para desenfundar el caño.

 

–No, no, maestro –le dije en tono amigable para que no me zampara un tiro–, tengo algo acá que le puede gustar.

 

El mono dejó de mirarme fijo y enfocó en la mochila. La vacié en el escritorio: habrían más de doscientas lucas. Agarré un solo fajo y enfile para la puerta, para ver cómo reaccionaba el maorí. Cuando besó el sticker del Gauchito Gil y abrazó el termo como a un bebé supe que era el momento de salir de la oficina con cinco lucas, una bombacha usada y mi libertad.

 

Una vez afuera del Alto Palermo busqué un bodegón y me senté en una mesa contra el ventanal que daba a la vereda. Me pedí un café con leche y saqué la bombacha usada. La froté varias veces por mi cara y sentí el único olor que puede generar muertes, como la sangre para los tiburones.

 

Me largué a llorar por ese olor que un día se va a llevar puesto todo a la mierda y la gente que pasaba por la vereda me miró con la jeta apoyada al vidrio. Lloré por la conchuda y por cómo se había aferrado a la bombacha la noche en la que le pegué una patada en la concha.

 

Pensé en llamarla y pedirle perdón y caí en la cuenta de que no usaba el celular desde aquella noche, porque cuando uno es feliz no necesita el celular. Lo prendí y me empezaron a llegar los mensajes de Whatsapp de a borbotones. Cuarenta y cinco “¿Dónde estás?” de mi vieja, de su chongo, de gente que prácticamente nunca había visto.

 

Había varios mensajes de Aldo y el último decía: “Perdoname, no fue de garca pero cayó la loca de tu ex con la cana y les tuve que dar el video en el que estás cagando, me lo pasó la flaca que bautizaste Menotti”.

 

De la conchuda había tres. El primero decía “Qué poco hombre que sos”; el segundo “Ya sos un prófugo de la Justicia, felicitaciones”, y el más nuevo “Poné América Noticias”.

 

Miré el televisor, que estaba en mudo y en TN. Me acerqué al mozo y le pedí que pusiera América. Apareció mi cara en el noticiero. El zócalo decía “Impactante video de Pijamita Guitérrez, el violador que sigue prófugo”. El mozo me miró de arriba abajo.

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