Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 15

Me cubrió la pija muerta con aceite y me la frotó con las dos manos.

 

La primera sensación fue medio angustiante, porque no parecía que la trabajadora estuviera maniobrando sobre la pistola de un macho con todas las letras sino que estaba revolviendo un frasco de bolitas. Esas cosas te pegan en el orgullo.



La paja salía 200 mangos en Colmegna, siempre y cuando abonaras los 200 iniciales del masaje, o combinaras baño turco y sauna o fueras pariente del dueño. Era la paja más cara de mi vida y por eso la pagué.

 

La autora era más o menos linda, tenía la tez trigueña y era cantado que al menos uno de sus padres había hecho la primaria en el NOA. Accionaba en silencio y miraba al vacío, como si estuviera manejando una fotocopiadora.

 

Pero por más que no le pusiera sentimiento, ella sabía manejar el joystick y en menos de dos minutos el barco estaba listo para zarpar. Pensé en frenarla para pedir una cerveza o un Martini para entrar en contexto o cualquier cosa que me hiciera estirar la paja, pero después me dije que mejor iba a ser pagar dos pajas, o cien, o doscientos cincuenta mil pesos de puñetas.

 

Antes de que el monje pudiera entrar al templo apareció un tipo con la pinta de un mayordomo y se puso al lado de mi camilla. La trabajadora detuvo sus movimientos instantáneamente y fue como si apagara la Ferrari yendo a 240 en bajada, aunque pude frenar el lechazo.

 

–La policía lo espera en la puerta, señor Gutiérrez –me dijo el tipo con la naturalidad del que ya lo hizo antes.

 

La chota se me empezó a marchitar, aunque quedó al 65 por ciento y hasta hubiera servido para embarazar.

 

–La puerta trasera tiene un arancel de 5 mil pesos, señor –me dijo el mayordomo al percatarse de mi cara de consternación.

 

Me vestí lo más rápido que me dejó mi erección y le tiré un fajo de billetes en la jeta. Me señaló la salida secreta, que seguramente usarían los clientes VIP. En el trayecto no me perdí de ver los culos canosos que entraban y salían del sauna ni a los yuppies con facha de romanos que jugaban al burako en pelotas y me dije que ese era un buen lugar para morir.

 

La puerta trasera en realidad era lateral, pero me sirvió para rajar de ahí dando pasos cortos y rápidos. La calle era un quilombo y no me habrían atrapado ni aunque hubiera corrido gritando “bomba” con una máscara de Bin Laden. Aunque no daba quedarse quieto.

 

Me metí en la boca del subte de Diagonal Norte y combiné hasta Bulnes. El subte iba hasta las pelotas y me apoyé hasta a un vendedor de la Guía T.

 

Todavía seguía medio cachondo cuando entré al Alto Palermo y encaré para el único lugar en el mundo en el que iba a estar a salvo de las fuerzas policiales.

 

Una vez adentro del Akiabara, tras eludir las cuarenta y cinco preguntas del puto que me quería atender, me puse a espiar los probadores mientras hacía como que buscaba un regalo para mi señora. No vi ni media teta, pero la imaginación y la adrenalina hicieron lo suyo y acabé sobre una Blusa Hortensia o un Sweater Ludmila.

 

Pude ver mi cara de clímax en el espejo de uno de los probadores. Y también pude ver al puto, que era bisnieto de esclavos, abriendo la boca horrorizado un metro y medio atrás.

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