Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 14

Cuando se fue pijamita tuve el impulso de llamarlo al básico de Marian para que lo fuéramos a buscar y lo hiciera sentir otra vez como el hombrecito débil que era. Pero el dolor me hacía ver las estrellas y me avergonzaba al mismo tiempo.

 

Me tomé un ibu y como no me hizo nada a los dos minutos me tomé un diclo y miré el reloj para que el tiempo corriera más rápido. Una vez que el dolor me permitió caminar al menos como un pistolero del far west, recorrí toda la casa para corroborar que no quedaran huellas de pijamita.



Sólo faltaba ese whisky horrible que le gusta a papá, que se podía enojar mucho si no lo veía a su vuelta. En el baño de mis papás encontré otro comprobante de la inmadurez de pijamita. En vez de tirar la cadena guardé todo en una bolsita Ziploc porque una nunca sabe.

 

Les mandé un mensaje a las chicas al grupo de Whatsapp contándoles muy por encima que había tenido una escena horrible y que quería que almorzáramos. La única que respondió fue Flor, porque Caro seguro estaba durmiendo al lado de ese bombón.

 

Nunca entendí cómo se enganchó ese bombón con la celulitis que tiene. Será lindo pero es ciego. Pero bueno, es mi amiga, y se lo merece. O no tanto, porque yo me cuido mucho más que ella y nunca tuve un bombón como ese. Pero bueno.

 

Flor preguntó si me habían violado y yo le dije que no fuera boluda, que ninguna mujer violada lo anuncia por Whatsapp y que a las doce y media en Burguer porque necesitaba relajarme.

 

Por un momento pensé en la secuencia Swiss Medical, ambulancia, Hospital Alemán. Pero papá podía enterarse fácil de todo ese movimiento y me daba pudor contarle cómo había sido la escena, todo el bardo con Marian y la pose en la que recibí la patada de pijamita. Pedí un remis y fui a la guardia del Pirovano.

 

Después de las primeras curaciones pasé por un Winery y le pedí una botella del whisky al chico que me atendió.

 

–¿Buscás alguno en particular, genia? –me preguntó. Era flacucho y granuliento y parecía recién sacado de un freidora. Le clavé cara de “no quieras hacer más interesante tu vida”, le dije que me diera el azul y que se apurara porque no quería gastar más de cinco minutos.

 

Cuando me dijo el precio de la botella calculé que en los siguientes tres meses iba a tener que cancelar el gym o pilates, y que era una buena oportunidad para empezar a hacer footing con Caro y su bombón, que ya me habían invitado varias veces a correr. Ahí iba a ver lo que era un buen culo ese pibe.

 

En Burguer me pedí una ensalada al final, porque el escenario había cambiado una vez que el granuliento hizo derretir la de crédito por ese whisky de mierda.

 

Las chicas se asombraron de la misma forma cuando les conté todo, aunque Caro sobreactuó un poco. Me di cuenta de que por dentro estaba disfrutando. La hubiera asesinado ahí mismo, pero es mi amiga y la entendí: si a ella le hubiera pasado lo que me pasó, yo probablemente me hubiera pillado de la alegría.

 

Caro me propuso que dejara todo atrás, y me recordó que pijamita no tenía ni un sueldo ni un auto como para dedicarle más de dos minutos y algún SMS perdido en una noche que lo ilusionara en vano. Flor, que era más yegua, me dijo que tenía que conseguir un abogado y denunciar a pijamita por violencia de género.

 

Le hice caso a Flor, obvio. En casa busqué a un abogado por internet, aunque sabía que papá, sólo con irse un rato al club me hubiera conseguido al mejor. Pedí un turno online para la tarde con Carlos María Urdapilleta, doctor en delitos sexuales y contra el honor.

 

El estudio del doctor Urdapilleta estaba en una galería, al lado de una joyería y de un negocio en el que vendían juegos de Playstation, lo que no era un buen augurio.

 

Urdapilleta me hizo esperar veinte minutos pese a que no estaba atendiendo a ningún cliente ni había nadie antes que yo en la sala de espera. Lo hacen para parecer importantes. Otros tienen masters internacionales.

 

Tenía un traje barato y unos zapatos horribles. Me ofreció café y me dije que prefería tomar agua de un charco antes de ingerir algo en ese cuchitril.

 

Le conté todo el caso, no sin cierta vergüenza letal, y el tipo asintió todo el tiempo con un “ajá, ajá” que me ponía los pelos de punta. Una vez que terminé mi exposición, Urdapilleta se rascó el mentón, se paró y miró su pecera, que tenía unos pececitos hermosos que no tenían nada que ver con ese lugar. En un contexto como ese, la belleza hace más triste todo.

 

–Discúlpeme, doctor –le dije. ¿Esto vendría a ser un delito sexual o contra el honor?

 

Me dio una explicación inentendible y después de tamborilear los dedos sobre el escritorio durante un minuto interminable, pidió “ir a los bifes” o usó alguna otra expresión desagradable. Dijo que mi declaración bastaba para iniciar una causa y hasta para hacerlo detener a pijamita. Pero siempre ayudaba a la causa que consiguiera testigos de los momentos anteriores al delito. Pensé en Marian y en el bobo ese de Aldo con el que pijamita andaba todo el día.

 

–¿El agresor dejó algún rastro que indique que estuvo anoche en su casa? Con eso y el testimonio ya nos alcanza para conseguir una orden de arresto –dijo y se golpeó la palma de una mano con los nudillos de la otra.

 

Saqué la Ziploc de mi bolso y el doctor pegó un grito.

 

–¡¿Usted está loca?! –gritó escandalizado–. ¿Cómo me va a traer un sorete a mi estudio?

 

Me puse colorada como para darle un poco de lástima. “Dios querido, qué loca está la gente”, dijo Urdapilleta mientras se ponía gotas en los ojos. Más calmo, me dijo que mi frialdad podía servir y me pidió que guardara la Ziploc en el frigobar que tenía al lado de su escritorio.

 

–Quédese tranquila –me dijo y se paró indicándome la salida–. Lo vamos a hacer mierda.

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