Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 13

Me tomé un tercio del whisky adentro de la agencia mientras la vieja de la quiniela contaba los billetes.

 

Con las nueve lucas en una mano y la botella en la otra, paré un taxi y le pedí al tachero que me llevara a Mar del Plata.



–Pe-pero flaco, so-son como qui-quinientos ki-kilómetros, ¿vo-vos estás en pe-pedo? –tartamudeó el tipo que era colorado y tenía unos anteojos del diámetro de una palangana. Sus ojos quedaron rebotando entre la botella de whisky y el fajo de billetes.

 

Le dí una luca para que lo pensara mejor. El tartamudo rezongó: estaba claro que lo había sumido en el dilema de su vida. Pero pese a las apariencias, no era pelotudo y me pidió otra luca para la vuelta. Arreglamos que le daba luca cien y yo podía elegir la música hasta Chascomús.

 

Le pedí que antes de subir a la autopista parara en una vinoteca porque el whisky no me iba a alcanzar hasta Mar del Plata ni aunque fuéramos a 180. El tarta volvió a sacudir la cabeza y balbuceó cuando me vio subirme al taxi con una damajuana Cuarta Generación y una jarra pingüino con los colores rastafarios.

 

Le botella de Etiqueta Azul se convirtió en mi baño después del peaje de Samborombón y antes de que empezara a bajar el sol las alfombras de la parte de atrás del taxi eran una pileta de meo y cabernet.

 

El tarta me puteó durante casi todo el trayecto sin quitar la vista de la ruta, hasta que le saqué los anteojos y tuvo que clavar los frenos. Hizo la pantomima de que llamaba a la policía por la radio del taxi y le di una luca más para que me perdonara.

 

Cuando llegamos a Mar del Plata ya era de noche. El tarta me dijo “hasta acá llegué” y en un movimiento natural, como si me hubiera pedido fuego, le di otra luca para que me acompañara por un par de horas más.

 

Le pedí que manejara hasta el puerto, que me quería comer unas rabas de Chichilo. Pedí dos porciones y cuando estaba por subirme de nuevo al auto, escuché una voz parecida a la de Gatúbela que me electrizó las bolas.

 

–Hola, calamarote –me dijo el traba que, como buen traba de puerto, tenía más pinta de granadero que de doncella.

 

–Subite ­–le dije mostrándole el fajo de billetes, aunque el traba le puso más atención a las rabas.

 

Antes de que el tarta rezongara le di una porción de rabas y le dije que quería ir al Hotel Provincial. Y que no fuera maricón y metiera quinta en la Peralta Ramos que era hora de sentir el viento en la jeta.

 

Las primeras diez cuadras el traba se hizo llamar Melody. Después de las rabas le hice confesar que su nombre real era Sergio. Y aunque le dejé en claro que no me lo iba a garchar, le dije que no me molestaba que impostara la voz y quedamos en que le diría Sergia para ir de a poco.

 

Sergia le entraba a la damajuana del pico, como si fuera una tuba y ambos sacamos las cabezas por las ventanillas para gritar en un inglés pésimo cuando pusieron The Shadow Of Your Smile de Sinatra en la radio mientras el tarta se encogía cada vez más en su asiento y ya no se le veía la cabeza.

 

Los de seguridad la miraron de arriba para abajo a Sergia cuando llegamos al casino del Hotel Provincial, pero se la tuvieron que bancar porque nadie quiere a un traba escandalizado entre las mesas de blackjack.

 

Fui directo a la ruleta y le jugué las cuatro lucas que me quedaban a color. Mientras giraba la bola y el resto de los jugadores me miraban como a un leproso, pensé que si perdía se me iban a venir los peores días. Pero la bola cayó donde tenía que caer y salí disparando a buscarlo al tarta. Fuimos los tres a la barra del restaruant y pedí un champán de esos que pagás caros sólo para pagarlos caros.

 

Pedimos tres bifes de chorizo al verdeo con puré y el traba pidió helado antes de que me llegara el plato. Después volvimos a la ruleta y le jugué las siete lucas y pico que me quedaban al 17 negro. A una señora de vestido floreado que tenía al lado se le escapó un “¡Ay!” junto a un pedo.

 

Cuando la rueda paró de girar, sentí en cámara lenta cómo se prendían y apagaban las luces que iluminaban nuestra mesa y cómo de la nada aparecían dos putas con terciario completo con una corona de flores. Alguien a mi lado dijo “qué ojete” mientras las putas me ponían la corona. Me la saqué y se la puse al traba. Un canoso de smoking me palmeó en la espalda y me encajó uno de esos cheques gigantes de cartón.

 

Después de la media docena de botellas para festejar las 250 lucas salimos a la calle. Le di diez a Sergia, que me metió un chupón y después corrió un colectivo por la costanera. Le di otras diez al tarta, que se puso aún más colorado, y le pedí que me llevara de vuelta a Buenos Aires para empezar mi vida.

 

Subimos a la ruta cuando ya estaba amaneciendo. El tarta hacía zigzag en la ruta 2 y hablaba solo. Me puse a contar los billetes y me detuve antes de las diez lucas cuando a un genio de una radio de Camet o de algún otro lugar verga se le ocurrió poner Gonna Fly Now. Me hizo perder la cuenta al imaginarme a Rocky entrenando y subiendo escaleras de piedra en joggins. Después de los violines pude ver que al tarta se le escapaba una lágrima que a través de sus palanganas parecía el mar Caspio y, por primera vez en mi vida, lloré de emoción.

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