Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 12

Dejé a la conchuda echando alaridos y putéandome en la habitación. Iba a salir rápido a la calle pero me dije que primero había que arreglar un par de cuentas. Al parecer los efectos de la pastilla habían retornado con la euforia, entonces le cagué el baño en suite a los divinos de mis ex suegros. Por primera vez en mucho tiempo no lloré durante el cago, aunque los ojos se me pusieron vidriosos.



No tiré de la cadena por una cuestión de metáforas y fui directo hasta la barra del viejo. No dudé en manotear el Etiqueta Azul y me acordé de las veces en las que el suegro me hablaba de la combinación de cincuenta mil whiskys y todas esas apostillas de borracho snob que me escupía entre las cuatro o cinco veces por cena en las que me acuchillaba con un “¿Vos no pensás trabajar?”. Una vez hasta llegó a decirme que me convidaría una medida el día que consiguiera trabajo.

 

“Etiquetate el orto ahora”, pensé.

 

En la vereda le eché un trago al whisky y caminé hasta lo de Aldo para contarle la épica mientras ya se hacía de día. Dejé el dedo apoyado en el timbre hasta que Aldo salió en cuero, con un toallón de Disney cubriéndole las pelotas.

 

–¿Qué hacés acá, boludo? –me preguntó mientras hacía un esfuerzo para que no se le cayera el taparrabos de Mickey– ¿Y qué carajo pasó en la fiesta que te sacaron a patadas?

 

–Te vine a contar algo.

 

–Me contás mañana –dijo mirando para atrás de la puerta, indicando que no estaba solo.

 

–¿Te arrancaste a Giannina? –intuí.

 

–No, a la amiga– dijo mirando para abajo y solté una risotada.

 

–¡Te estás garchando a Menotti!

 

–Callate pelotudo, que te va a escuchar. Aparte es mejor que no ponerla, como vos.

 

–La conchuda me quiso coger y le pegué una patada en la argolla –dije sonriendo, esperando su aprobación.

 

–Estás del orto –dijo y cerró la puerta. Pareció un gesto muy maduro que en otro momento me hubiera hinchado las pelotas, pero esa noche ya era un gol para mí. Y él se estaba cogiendo a Menotti.

 

Antes de llegar a la casa, como sentía que la suerte me estaba cambiando y me metí en una agencia de quinielas. Le jugué a la cabeza al 017 de la quiniela de Montevideo porque me gustó el nombre. Elegí el número de la desgracia porque me pareció poético o algo por el estilo.

 

–¿A qué hora se sortea? –le pregunté a la quinielera, una vieja marrón que había hecho toda la operación sin sacar la vista del crucigrama.

 

–Tres de la tarde –me respondió con un pollo en la garganta y me miró con cara de ojete, porque esas preguntas no se hacen.

 

Llegué a casa y me encontré a Roberto en la cocina. Miró la botella de whisky y después me miró como diciendo qué juventud perdida. Yo lo miré como diciendo no sos mi papá. Después miró mi chomba y me preguntó si había vomitado, en el volumen suficiente para que mi vieja escuchara desde su habitación.

 

Me metí en mi pieza sin responder y cerré con llave. Puse la alarma a las tres de la tarde. Cuando sonó, en medio del dolor de cabeza de mi vida, prendí el catorce pulgadas y puse Crónica TV.

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