Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 11

–¿Se puede saber qué hacés acá? –me preguntó la conchuda con un rubor que era mezcla de la indignación y de la vergüenza que le daba que la hubiera agarrado peteando.

 

El cannoniere no me trompeó. Pero no lo hizo por compasión, sino porque se sorprendió al percatarse de que yo no era un pervertido que andaba espiando petes en Clíos sino que había un vínculo entre ella y yo.



–¿Qué, lo conocés a este? –preguntó el chulo nuevo, con la obviedad que los caracteriza.

 

–Vos callate, Mariano –respondió ella. Y yo pensé que si hay alguien que te va a cagar la mina, se tiene que llamar Mariano. Nunca un Omar, un Víctor o un Alfredo. Siempre es un Mariano, un Nico o un Martín y la reconcha que los parió.

 

–¡Qué callate, nena! –se ofendió el pibe, como si por un pete o vaya uno a saber cuántos ya estaba en condiciones de clavar escenita –. Decime ya quién es que lo cago a trompadas.

 

–Es mi ex, flaco –dijo la conchuda. Escuchar la palabra “ex” de su boca, de esa boca que hacía segundos había alojado una pija de un tipo que se sentía el cannoniere, fue peor que comerme la trompada.

 

–Tomátela de acá –fue mi primera intervención en la plática. Lo dije apretando los dientes y mirando a los ojos de ella, pero los tres supimos que el destinatario era el chulo.

 

La furia de mi mirada le aflojó la mandíbula a la conchuda y su cara adquirió una expresión que jamás le había descubierto durante el noviazgo: su mirada tenía un tanto de sumisión y otro tanto de instinto carnal.

 

Sentí que en ese momento ella era capaz de comerme la pija con cuchillo y tenedor, en un plato rectangular con papas bravas y colchón de hojas verdes. Por un instante fuimos sólo ella y yo en el restaurante de mi chota.

 

Pero un solo castañazo del cannoniere bastó para que se me apagara la cámara.

 

Cuando abrí los ojos no tardé en darme cuenta que estaba acostado en un sillón del living de la conchuda. Ella estaba muy cerca, apoyándome hielo en la cara.

 

–No te preocupes que mis viejos están de viaje –me dijo la conchuda y usó las mismas palabras y el mismo susurro que solía usar aquellas dos o tres veces por año en que teníamos la casa libre para garchar sin cuidado entre las botellas de whisky del padre o en la bicicleta fija de la madre. Como si la ausencia de la autoridad te obligara a coger en lugares incómodos.

 

–¿Dónde está? –quise preguntar por el chulo, pero la conchuda me hizo callar con un beso en la boca.

 

La mina seguía caliente como una chapa al sol y hasta llegué a pensar que me había estado manoteando durante mi desmayo, porque la barra de progreso de mi erección estaba al setenta y cinco por ciento.

 

Nos dimos unos besos y ella se paró y se sacó toda la ropa. Cuando una mina que te dejó te vuelve a garchar, deja en claro que se quiere sacar el problema rápido de encima para que no pienses que va a haber ballotage.

 

Se fue para la pieza apretando la bombacha con la mano como si fuera un rosario y yo la seguí. Se puso en cuatro arriba de la cama y se quedó esperando como el perro que te mira al lado del tarro sabiendo que le vas a dar el alimento balanceado.

 

Mientras me ponía el forro, tuve otra especie de revelación. Si le daba pija era para gozar tres minutos. Le di una patada en la concha para ser feliz toda la vida.

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