Cabeza de Termo

Relato del origen del cabeza de termo, una especie en continua e inevitable expansión.

Cabeza de Termo – Capítulo 10

Caminé algunas cuadras para cualquier lado en busca de un taxi mientras desarrugaba billetes de dos pesos para ver si me alcanzaba, lo más parecido a ser un vagabundo.

 

No era de tomarme taxis en esa época porque no laburaba y era un rata, que a veces no son la misma cosa pero en mi caso podía ser. La mensualidad de mamá te alcanzaba para una puta al mes o para llevar a la conchuda a Temaikén pero te deprimía todo el año.



¿Por qué las conchudas quieren ir a Temaikén? Eso tenías que responder, Freud, la puta que te parió.

 

–No, pará, bajate que estás todo vomitado –me dijo con arrepentimiento el primer tachero que frenó.

 

Era gordo y de movilidad austera, pero se bajó del auto cuando le pregunté para qué carajo había frenado y le estrellé la puerta. Corrí sin mirar para atrás, porque no hay pastilla que funcione si sos cagón.

 

Mientras corría pensaba no tanto en los rayos X que me esperaban si me alcanzaba el gordo sino en cuánto más caro me costaría el taxi si seguía alejándome. Aunque como no sabía adónde verga estaba yendo, por ahí me iba a salir más barato y eso me tranquilizó.

 

Ni el taxi ni el gordo estaban cuando me animé a mirar para atrás. Jadeé un rato y conseguí otro taxi. El tapizado tenía más onda que el del gordo pero el nuevo tachero también, así que no hubo drama con mi chomba vomitada.

 

El tipo tenía los anteojos de sol puestos pese a la noche y mandibuleaba como un desquiciado. Tomó confianza antes de que cayera la primera ficha del taxímetro. Me decía “rey” cada dos palabras y sacaba la cabeza por la ventanilla. “Un día voy a largar todo y voy a poner mi propio zoológico con animales de la calle, sabelo rey, y me los voy a culear yo solito, sabelo rey”, decía.

 

En los semáforos frenaba –lo que ya era algo- y hacía como que se cogía al asiento del acompañante. Le daba nalgadas gritando chanchadas en inglés pornográfico: “Oh yeah, fucking shit”, y todos los lugares comunes del pajero exagerado.

 

Le pedí que me dejara en un kiosco que estaba a una cuadra de lo de la conchuda. Los billetes de dos me alcanzaron o al menos ninguno de los dos nos dimos cuenta.

 

No sabía si la conchuda estaba en su casa y si se iba a dignar a abrirme la puerta si estaba. Pero algo me llevó a comprar forros, por más que eso sea mufa. Cuando vas a ver sin aviso a una ex a la madrugada hay que tratar de no embarazarla, si en vez del discurso humillante le pinta la guanacada.

 

En la puerta de la casa estaba estacionado un Clío con vidrios polarizados o alguno de esos autos que se usan para garchar.

 

Me acerqué y apoyé la cara y las manos en la ventanilla del acompañante, pero no pude ver nada del lado de adentro. Permanecí por unos segundos así, disfrutando del frío del vidrio en mis pómulos, hasta que se abrió la puerta del lado del conductor.

 

–¿Qué hacés, enfermo? –me gritó el tipo, que tendría un par de años menos que yo.

 



Mientras se subía el jean y se ajustaba el cinturón, empezó a pegar la vuelta por el capó, como para ponerse en situación de cagarme a trompadas. Esa noche se me animaba hasta un grillo.

 

Tenía una remera turquesa de A+, de esas que te marcan las tetas y más te vale que no chives mucho por las axilas porque vas a parecer un oso panda. En el pecho tenía un estampado que decía “Il cannoniere”, “Il capo” o alguna otra manera fácil de comunicar que tenía la pija chica.

 

Justo cuando me iba a comer el primer manotazo, se abrió la puerta del lado del acompañante. Era la conchuda, toda despeinada y con el lápiz labial corrido. Una de dos: habían estado tomando un Torpedo en pelotas o le había estado tirando la goma.

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